domingo, 6 de diciembre de 2020

_ La herradura para la suerte

La herradura para la suerte

Cuando era niño, el camino a la escuela lo hacía por el lado más corto: la casa de mi abuela quedaba en una transversal varias calles mas arriba, salia de la casa hacia la derecha, en la esquina doblaba a la derecha, luego iba varias calles hacia abajo, con dirección el mar, y luego doblaba a la izquierda donde estaba mi escuela.

En la esquina inmediata, al doblar a la izquierda había un billar donde veía gente jugando, fumando y bebiendo, lo mas cercano que mi abuela podía encontrar a "un centro de perdición". No era tan beata mi vieja, pero exageraba para mantenerme lejos de vicios y males como la bebida o el juego. Quizás gracias a esto nunca me interesaron demasiado. Muchos años después, he lamentado no haber aprendido nunca a jugar al billar.

Al regreso, no volvía por la misma calle, sino que saliendo de la escuela, iba a la derecha y en la esquina siguiente, contraria al billar, iba a la izquierda por la calle paralela a la de venida, algo mas central, con algunos negocios y tiendas que ofrecían cosas interesantes que mirar y comprar. Una tienda de dulces de sueños, un salón de juegos de video, una tienda de electrodomésticos donde también vendían juegos de video, y sobre todo, una tienda de cosas usadas y antigüedades en la que se podía entrar y cureosear. Entre viejas espadas oxidadas, lámparas de keroseno, ollas de cobre, pesados muebles de madera, camas a lo Luis XV, cocinillas de carbón, planchas de hierro, soldados de plomo, se me iban las horas en las que el último maestro no vino y me pude escapar temprano de la escuela para mirar cachivaches.

No mucho de esto puedo recordar, pero algo que casi medio siglo se ha quedado en mi memoria es que las herraduras de caballo para la buena suerte no se pueden comprar, aunque en aquel momento no entendí ese significado de un hecho tan trascendental de mi aprendizaje.

Muy a pesar de mi educación metodista-adventista, era yo -como mi abuela-, muy aficionado a las superticiones. Un día se me metieron en la cabeza unas viejas herraduras, que junto a un arado y unos arneces de cuero y metal oxidado, colgaban de la pared mas profunda de la tienda de cachivaches viejos. Me encantaban esas casas con herraduras en las puertas de las casas, y si estas además daban suerte, tenía que hacerme de alguna de ellas y colgarla en mi cuarto, ya repleto de piedras, huesos y muñecos de mi reciente pequeña infancia.

Así que en una de mis excursiones de fin de clase, entré en la tienda, y dando vueltas como si no pasa nada, y casi por azar o antojo fortuito, mientras sabía que el tendero me miraba alcé mis ojos hacia los trastos para caballo que colgaban de la pared mas profunda de la tienda, me fijé en las herraduras y pregunté con interés desdeñoso: "¿cuánto valen esas herraduras?". El hombre que creo era dueño de la tienda, las miró, y viendo que algunas estaban tan oxidadas que eran casi irreconocibles, mientras otras se podían poner a un caballo en uso, me dijo muy seguro, como si vendiera oro o caviar: -desde veinte a cincuenta pesos, depende de cuál quieres.

Así atesoré esos veinte pesos en mi memoria y limpié la cocina de mi abuela varias veces, mientras también pedí algo a mi mamá para dulces después de la escuela y en cuestión de dos semanas, pude correr después de alguna clase a la tienda de cosas usadas a buscarme la herradura más barata que estuviera disponible a mis veinte pesos.

El viejo negociante no estaba esta vez, sino una comadrona grande gorda y amable como una matriarca prehistórica. Rascándome las moneditas en el bolsillo, pregunté nuevamente, esperando alguna rebaja o cambio de precio, cuánto costaban las herraduras.

Para mi sorpresa la señora no me dijo ningún precio, sino que me sorprendió con otra pregunta:

- ¿La quieres de adorno o para la suerte?

- Para la suerte -contesté sin dudar un segundo-

La mujer se alejó de mi, caminando hacia la pared del fondo. Tomó una de las herraduras allí colgadas, regresó a mi mirando hacia a los lados como cuando vas a decir un gran secreto, y poniéndome la herradura entre las manos me dijo:

- Toma, llévatela, las herraduras de suerte no se pueden comprar.

Nunca me enteré si esta señora era la mujer del negociante, o si sólo trabajaba para él. Luego supe que las herraduras para la suerte se deben encontrar, robar o recibir regaladas y siempre, aún hoy, no estoy muy seguro si esta mujer me la regaló, o si se la robó a su jefe para regalármela a mi, o si fuí yo quien se la robó a su jefe bajo su complicidad. Pero de dos cosas si estoy muy seguro:

1. No compré la herradura de la suerte.

2. No me puedo quejar de mi suerte, creo que ha funcionado.

jueves, 16 de abril de 2020

_ el entendimiento mutuo

El entendimiento mutuo


La Humanidad tiene aspiraciones cósmicas, quiere llegar a las estrellas, conquistar el Universo y someter a la muerte. Pero tiemblo al pensar en lo que pasaría cuando esos otros sistemas estén habitados. Tiemblo, pues si los habitantes no son tan agresivos como nosotros, o bien más, y además que cuenten con los medios para someternos, se repetirá una conquista de américa. Aspiramos conocer la alquimia, transmutar los elementos, construir en el espacio, crear vida, pero aun no logramos dar con un medio viable para resolver nuestros problemas.

No logramos resolver nuestros problemas ni en los niveles más familiares. Inmanuell Kant propone preguntarse si nuestra máxima de acción se puede universalizar, es decir, si quiero llevarme algo de la casa de un amigo, debo preguntarme ¿sería posible universalizar esto, que sea permitido que cualquiera se lleva algo de la casa de otro -p.e. de mi casa?, si no es universalizable es inmoral. Pero la complejidad de la universalización está pre-estableciendo que el que se hace la pregunta es moral, pues cada situación es específica y  si el inmoral que se roba algo argumenta que sí se puede universalizar, cuando es en las condiciones que él lo hace, p.e. porque él lo necesita y su amigo no. Además, preguntarse a cada acción si dicha acción es universalizable es bastante poco práctico.

El cristianismo planteó algo parecido, pero al revés; no si es universalizable, sino si es aplicable a mi propia persona. Esto anula la dificultad de tener que pensar en cada ser del universo, siendo que aplico una regla que puedo comprobar en mi mismo. Esto también tiene sus contratiempos: “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”, o “has a los demás lo que quieres para ti”… pero ¿se vale p.e. para un masoquista? Si soy masoquista y disfruto con el dolor, entonces según esta regla, y también la Kantiana, puedo hacer al demás dolor, pues es lo que a mi me parece bien.

Por otro lado, queda por aclarar quienes son los demás, para el cristianismo, o de que universo estamos hablando. Esto fue astutamente visto en el relato bíblico, pues alguien preguntó “y quien es mi prójimo”, con lo que Jesús contesto con la parábola del buen samaritano queriendo demostrar que prójimo es el que necesita tu ayuda sin importar factores adyacentes (raza, credo, posición).  Pero este argumento es voluble a resquebrajar, cómo bien lo ha hecho ya en discusiones racistas para justificar el esclavismo, o la aniquilación masiva, donde se argumenta que el otro “no es humano”.

Pero estamos yendo lejos, puesto que no es mi objetivo encontrar soluciones universales, sino  en el ambito personal, familiar, grupal. Ningún cambio profundo en la sociedad humana se podrá alcanzar desde arriba pues esto significaría imposición, sino que debe venir desde adentro, desde el yo, desde la persona.

Las fases de desarrollo humano están íntimamente ligadas al desarrollo natural de cada ser humano, es decir, ser hijo, alejarse de los padres, encontrar pareja, ser padres, ser abuelos. En cada fase se alcanza una nueva medalla, y se desarrollan y pierden facultades.

Pero no todos subimos juntos al mismo tren, ni en la misma estación, ni al mismo destino. No todos pagamos el mismo ticket, ni llevamos el mismo equipaje. Es por esto que es muy difícil ver las cosas con el lente del otro y los acuerdos son difíciles.

Debemos deshacernos del concepto de bien para llegar a algo. El bien, que es su falta es el mal -según Aristóteles- es relativo y a la hora de negociar nos puede bloquear: el otro es el malo, porque no quiere lo que yo quiero, que es lo bueno, entonces yo soy el bueno. Todo lo que el otro proponga puede perjudicarme, todo lo que yo quiero esta bien. Pensar así es tan falso, como que el otro, no está pensando lo mismo. Debemos partir del hecho de que somos tan buenos como malos, duales, tambaleantes, inseguros, y que tanto yo como el otro, solo queremos lo mejor para si mismos. Si empezamos así el fangoso piso del bueno y el malo, empieza a secarse, se hace concreto. Si partimos de la consigna "yo defiendo lo mio y tu lo tuyo", estamos siendo mas realistas y por consiguiente estamos mas cerca de encontrar soluciones que si partimos del punto "yo te quiero convencer que mi deseo es bueno".

Cuando trato de que mi hijo haga algo, no pienso en que si no lo hace porque es malo, sino que no lo hace porque le falta la experiencia para identificar lo que debe hacer. Es bien sabido que los niños son egoístas, pero la verdad es que son tan egoístas como los adultos, pero no son capaces como los segundos de ocultarlo bien. Tampoco han aprendido aún que los otros también tienen sus deseos egoistas, y que ese deseo se debe respetar. El egoísmo en este sentido no se trata peyorativamente sino como una imposición positiva de la naturaleza para asegurarnos la supervivencia.

Nuevamente aqui vemos que "lo bueno y lo malo" están fuera de lugar. Si simplemente etiqueto a mi hijo como malo por su falta de experiencia para contener su egoísmo, ya esta todo perdido. No podremos lograr entendimiento porque "la Maldad" es un concepto abstracto de poder universal. 

Es equivalente a buscar el origen de nuestros problemas en nuestro linaje, consanguinidad, genética. Si argumentamos que somos agresivos, rencorosos, pendencieros, etc. , porque lo llevamos en los genes, entonces no estamos libres de decidir nuestro comportamiento y somos máquinas controladas por pasiones hereditarias, flujos hormonales, impulsos nerviosos. Y aunque nuestra naturaleza nos ha dotado de mecanismos de supervivencia, como en los estados de alarma, la adrenalina, vivir a merced de la fisiología nos denigra al estado animal, irracional. Si en cambio nos acemos responsables de nuestro destino y tomamos las riendas de nuestras vidas y nuestras reacciones, tendremos más que ganar.

Ya Freud en su libro sobre el malestar en la cultura, analiza con su característica claridad la búsqueda del placer y el dolor identificando las vías de escape, entre las que cuenta la religión, el aislamiento, las drogas, etc. Aqui me interesa la segunda, puestro que el aislamiento o separación de la sociedad nos separa también del dolor, pero Freud lo contrasta luego con la socialización, en la que el hombre participa del díalogo y construye en comunidad. En la naturaleza observamos creaturas de manada y animales solitarios, pero dificilmente se transforman los de manada en solitarios o viceversa. Los primates son grupales. Y parece que el hombre también, puesto que de no ser por la sociedad y la acumulacion de cultura y conocimiento, la humanidad no sería más que primates inteligentes con vestiduras y herramientas de poco monta. El salto entre el individual y la sociedad es gigantesco.