domingo, 11 de diciembre de 2016

mundo artificial

A veces cuando camino por las calles atestadas de vehiculos y gente con variedad de vestidos, veo los edificios y las casas, los semáforos y carteles. Las personas trabajando: el que vende diarios, el policía en su auto -también de policía-, los chicos acomodando vitrinas, los que venden zapatos y los que los compran, la gente hablando a sus aparatos, con cables y sin ellos.

Me viene el recuerdo de otras realidades: recuerdo los páramos merideños, cubiertos de niebla, rocío y frailejones. Recuerdo la sabana caliente del llano en el oriente de Venezuela, donde el tio Vitico nos invitaba a comer lapa y asado de ternera. Recuerdo la primera semana en que acampé en algún lugar del desierto norteño de Chile, y el imponente mar que golpeaba la Portada de Antofagasta. Recuerdo el cielo azul y las estrellas infinitas desde el techo de la casa de mi abuela.

Y recuerdo mil cosas hermosas más -mariposas, peces, piedras, montanas, ríos, lagos- que no se comparan a las buenas cosas que nuestro ingenio ha creado.

Pienso que dividimos el mundo con nuestro mundo artificial y lo hacemos nuestro mundo, siendo que esta muy lejos de ser lo que queremos y de ser aquello para lo cual existimos.